Aproximadamente 700 personas murieron a causa del estrés térmico provocado por la catastrófica ola de calor que azotó a Chicago, Illinois en 1995. Este evento climático, que tuvo una duración de tres días, registró temperaturas que promedian los 30,6 °C; el calor alcanzó cifras sobre los 40 °C por dos días y hubo un pequeño descenso en las temperaturas durante la noche. Muchas personas sufrieron ataques cardíacos y deshidratación, mientras que otros colapsaron durante episodios graves de dificultad respiratoria correspondientes a enfermedades ya existentes. El número de víctimas mortales producidas en ese verano de 1995 entregó a los habitantes de Chicago una clara imagen de cómo una subida en las temperaturas puede afectar la salud humana.
Diez años después, el Alcalde de Chicago,
Richard Daley, lanzó un programa de gran alcance
que reunió a agencias, académicos y científicos de
la ciudad con el objetivo de crear un Plan de
Acción para el Cambio Climático, el cual permitiera
minimizar todas aquellas conductas que van en desmedro del medioambiente. Este plan
comprende principalmente diferentes acciones
de mitigación, como plantar árboles y
educar a los trabajadores en el empleo de
tecnologías para el aprovechamiento de las
energías renovables; sin embargo, se incluye
una estrategia de adaptación, la cual tiene
como objetivo preparar a la ciudad y a sus
ciudadanos frente a los posibles eventos
climáticos que puedan producirse.
Al igual que Nueva York, San Francisco,
Ciudad de México y Sídney, Chicago
es una de las tantas ciudades que cuenta con
un plan de acción contra el cambio climático
dirigido a promover la mitigación y
sostenibilidad medioambiental. Estas iniciativas
apuntan mayoritariamente al ambiente
construido, como edificios, carreteras e
instalaciones de todo tipo. No obstante, los
funcionarios del área medioambiental de
estas ciudades están comenzando a hablar
acerca de los beneficios adicionales que
surgen de sus planes de acción y los defensores
de la salud pública han comenzado a
alzar la voz y a presionar a favor de la creación
de programas de educación y prevención
de las dolencias y enfermedades sensibles
al clima.
Son muchos los científicos que sostienen
que existe la posibilidad de que los cambios
en los patrones climáticos que han podido
ser apreciados en los Estados Unidos y en el
mundo puedan estar relacionados con la
sofocante ola de calor vivida en Chicago,
Milwaukee y otras localidades.
Sin embargo, las enfermedades y
muertes vinculadas con el calor no son los
únicos riesgos que el cambio climático
supone para la salud pública. Los investigadores
han notado una clara correlación
entre el aumento de las precipitaciones y el
aumento de los trastornos diarréicos después
de un periodo de lluvia abundante en el que
los sistemas hídricos y de alcantarillado se
vieron colapsados. El aumento de las
temperaturas durante el resto del año
–inviernos más suaves, deshielos tempranos
en primavera y heladas tardías– ha permitido
que las temporadas de polen se
extiendan por más tiempo y que florezcan
plantas tóxicas como la hiedra venenosa. En la zona sureste de Estados Unidos, se
espera que las aguas cálidas den paso al
crecimiento de la bacteria acuática Vibrio
vulnificus, la cual puede causar infecciones
que eventualmente pueden llevar a la
pérdida de las extremidades, e incluso, de
no ser tratada, la muerte. También se han
previsto cambios en el alcance de enfermedades
tropicales como la malaria, dengue,
virus del Nilo occidental, esquistosomiasis,
lepra y cólera, a medida que los vectores
biológicos y los ecosistemas se adapten a los
climas más templados. También se espera
que los cambios en la composición e interacción
de los contaminantes como el
ozono, el material particulado y los aeroalérgenos
intensifiquen los efectos que estos
contaminantes tienen en la salud.
“No nos referimos a eventos que puedan
ocurrir en un futuro lejano, sino más bien a
situaciones que se están viviendo en estos
momentos, que van desde el deterioro de la
calidad del aire y el consiguiente aumento
de enfermedades infecciosas, hasta el
aumento en la frecuencia de condiciones
meteorológicas extremas, como las olas de
calor y las lluvias excesivas. Todos estos cambios tienen efectos negativos en la salud
humana y es probable que cada vez sean
más… a medida que el cambio climático
continúa”, sostiene Kim Knowlton, investigadora
principal del programa de Salud y
Ambiente del Consejo para la Defensa de
los Recursos Naturales (NRDC, por sus
siglas en inglés), durante un seminario
virtual en la primavera de 2010. El seminario
“Climate Change: Mastering the Public
Health Role” fue copatrocinado por la
Asociación Norteamericana de Salud
Pública (APHA, por sus siglas en inglés), la
Asociación Nacional de Funcionarios de
Salud de Condados y Ciudades (NACCHO,
por sus siglas en inglés), la Asociación de
Funcionarios de Salud Estatales y Territoriales
(ASTHO, por sus siglas en inglés) y la
Sociedad para la Educación en Salud Pública
(SOPHE, por sus siglas en inglés).
Según los diferentes científicos entrevistados
para este artículo, a pesar de los esfuerzos
de Chicago, el plan de adaptación aún es
una idea que recién comienza a verse en las
diferentes ciudades norteamericanas. El
aumento de enfermedades y número de
fallecidos que se ha registrado durante olas
de calor, huracanes y otros eventos climáticos
extremos nos indica que la comunidad
de la salud pública de los Estados Unidos y
el resto del mundo aún no está preparada
para enfrentar este aumento de enfermedades
que se vincula al cambio climático.
“Las organizaciones dedicadas a la salud
pública no están bien preparadas, lo cual se
ve reflejado en el número de lesiones, dolencias
y muertes causadas por enfermedades
sensibles al tiempo y al clima”, afirma la
especialista independiente Kristie L. Ebi,
expositora del seminario de la APHA.

Distintos grupos y algunos investigadores
del área de la salud pública han
comenzado a dejar en claro su falta de
preparación. En el otoño de 2007, cuando
la APHA lanzó una iniciativa para desarrollar
recomendaciones clave para la adaptación
al cambio climático, el director ejecutivo
de la asociación, Georges C. Benjamin,
dijo: “El cambio climático es una de las
amenazas a la salud pública más serias que
enfrenta nuestra nación. Sin embargo, son
pocos los ciudadanos que están realmente
conscientes de las consecuencias que todo
esto ha traído a la salud de nuestras comunidades,
nuestras familias y nuestros
niños”.
El verano siguiente, Edward Maibach,
director del Center for Climate Change
Communication de la Universidad George
Mason y colegas, publicaron el informe de
una encuesta realizada a 133 directores de
departamentos locales de salud pública,
donde se les preguntó acerca de las actitudes
y actividades de su departamento que estuvieran
a favor de la adaptación contra el
cambio climático. Escribieron: “Nuestra
encuesta indica que a pesar de que entre los
directores de los departamentos locales
existe una concienciación relativamente
mas amplia sobre la importancia que el
cambio climático tiene en la salud pública,
los niveles de preparación o el número de
actividades planificadas aún no son suficientes”.
17 Los autores destacan la desinformación
en cuanto al tema, mayor urgencia
en prioridades de acción inmediata y una
escasez crónica de recursos como factores
que pueden perjudicar la capacidad de
planificación de los departamentos.
Cecil Wilson, presidente de la Asociación
Médica Estadounidense (AMA, por
sus siglas en inglés), y el coautor Paul R.
Epstein, subdirector del Center for Health
and the Global Environment de la Escuela de
Medicina de Harvard, en un artículo publicado
en el Huffington Post en diciembre de
2010, se refieren a la situación, enfatizando
que “el cambio climático es un peligro para
nuestra salud”. La AMA trabaja activamente
para educar a los profesionales de la
salud sobre el esperado aumento de las
enfermedades relacionadas con el clima,
señalan Wilson y Epstein.
“Comprender los impactos que el
cambio climático tiene en la salud es uno de
los factores más importantes a la hora de tomar decisiones acertadas sobre la adaptación”,
explica Michelle Bell, profesora
asociada de salud medioambiental de la
Universidad de Yale. “Hemos escuchado
hablar sobre el aumento del nivel del mar,
cambios en la vegetación, incendios forestales…
pero comparados con otros impactos,
se ha escuchado muy poco sobre la salud
humana. Creo que al público en general y
aquellos que toman las decisiones les
gustaría mucho más escuchar sobre las
implicaciones que todo esto tiene en la
salud”.
Por adaptación se entiende todas aquellas
acciones emprendidas por los países, comunidades,
organizaciones y personas, y que
tienen el objetivo de prepararse y protegerse
contra los impactos del cambio climático.
Debido a que los impactos en la salud
pueden variar mucho dependiendo de la
ubicación geográfica, cada localidad o país
debe hacerse cargo del diseño de sus
planes.
Sólo unas cuantas ciudades –principalmente aquellas que han experimentado eventos climáticos devastadores en el último tiempo o aquellas que se ubican en zonas costeras– se encuentran preparando planes de adaptación al cambio climático, aunque las que incluyen acciones a realizar por la comunidad de la salud pública son aún menos. No obstante, el punto de vista de la salud pública es vital para el éxito de estos planes, señala George Luber, subdirector de cambio climático de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC, por sus siglas en inglés), quien fue moderador del seminario de la APHA. “Algunos de los grupos que trabajan en los planes de adaptación no están haciendo las conexiones con la salud pública”, sostuvo Luber en el seminario, incluso cuando “la salud es clave al momento de evaluar los efectos de los planes”.
Joann Carmin, profesora asociada de planificación y política ambiental en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT, por sus siglas en inglés), ha realizado un estudio de los programas que se están llevando a cabo en las diferentes ciudades de Estados Unidos. Aunque algunas ciudades cuentan con un programa formal de adaptación, “depende de qué entendemos por adaptación”, sostiene. “Si comenzamos a hablar de programas de ‘ciudades saludables’, ‘ciudades verdes’, ‘ciudades sostenibles’, las cosas comienzan a cambiar un poco”. Iniciativas como las estrategias para reducir la contaminación ambiental, las “estaciones de enfriamiento” (por ejemplo, salas de reuniones con aire acondicionado en edificios de departamentos o en buses de viaje), o socorristas mejor informados –programas incluidos en los planes de acción de algunas ciudades y estados– también se incluyen en la categoría de adaptación, afirma Carmin.
De acuerdo a lo sostenido por Carmin, aquellas ciudades que han desarrollado planes de adaptación claramente han estado experimentando para descubrir qué es lo que da resultado. Chicago, por ejemplo, “vivió una situación que fue muy importante para sus residentes”, explica. “Fueron muy metódicos al momento de actuar desarrollando su plan, y están trabajando de manera tal que el resto de las ciudades ha podido seguir su ejemplo”.
El Plan de Acción para el Cambio Climático lanzado por Chicago en el otoño de 2008, consta de cinco estrategias: adaptación, edificios energéticamente eficientes, opciones de transporte, energía renovable y gestión de residuos. La ciudad se basó en tres análisis diferentes para sustentar el plan: una comparación de los posibles escenarios causados por el cambio climático con emisiones bajas y altas de gases de efecto invernadero, una evaluación del riesgo económico bajo ambos escenarios y un orden de prioridad de los impactos potenciales basado en la probabilidad y en las consecuencias locales de la incidencia.
Aunque gran parte del plan de Chicago detalla las acciones para mejorar la sostenibilidad de la infraestructura (edificios, viviendas y medios de transporte), el componente salud pública fue más bien parte del proceso de planificación, sostiene Cortland Lohff, director médico del área salud ambiental del Departamento de Salud Pública de Chicago. Muchas de las acciones de adaptación diseñadas para reducir el impacto del efecto de isla térmica de la ciudad, como por ejemplo, abrir nuevos centros de enfriamiento y llamar la atención sobre los peligros que implica el calor para alentar a la gente a mantenerse hidratado y fresco, también pueden mejorar las condiciones de salud al minimizar los efectos físicos de la exposición al calor extremo.
Los funcionarios de la salud de Nueva York, Boston y Portland también se encuentran preparando iniciativas de adaptación, señala Carmin. La ciudad de Keene, Nuevo Hampshire, fue una de las primeras comunidades en redactar un plan de adaptación. Los funcionarios de la ciudad de Keene trabajaron con el ICLEI –Gobiernos Locales para la Sostenibilidad, una asociación internacional de más de 1.200 miembros comprometidos con el desarrollo sostenible, en un piloto de demostración enmarcado en el Programa de Comunidades Resilientes al Clima del ICLEI, el cual establece cinco pasos para que las ciudades adopten un plan de adaptación: realizar un estudio de resiliencia al clima, establecer objetivos de preparación, desarrollar un plan real de preparación ante clima adverso, publicar e implementar el plan y monitorear y reevaluar la resiliencia.
“A medida que la adaptación es un tema que avanza en las discusiones, se comenzará a ver que las ciudades no necesitan empezar de cero, ya que podrán basarse en los programas e iniciativas existentes, aunque tendrán que observar aquellas acciones con otros ojos”, sostiene Carmin.
En el norte de California, los funcionarios junto con el Departamento de Salud Pública del condado de Alameda se están coordinando con las agencias de los condados vecinos (departamentos de salud y otras agencias del condado, incluyendo aquellas responsables del transporte) con el objetivo de dar los primeros pasos hacia la mitigación del cambio climático como parte de las actuales medidas para la sostenibilidad, dice Sandra Witt, director adjunto del Departamento de Salud Pública del Condado de Alameda. El departamento ha estado trabajando activamente en incorporar equidad socioeconómica y sanitaria dentro de los planes de acción locales.
Gran parte de este trabajo está dirigido a la gente perteneciente a minorías étnicas que vive en condiciones de pobreza en sectores cercanos a las autopistas, el puerto de Oakland e instalaciones industriales. Los datos estatales muestran que estas comunidades están expuestas a niveles mucho más elevados de contaminación ambiental y que ya presentan más casos de asma, insuficiencia respiratoria y cáncer, afirma Witt.22 “Desde la perspectiva de la salud pública, estamos realmente preocupados sobre los impactos que esto tiene en la salud de todas las personas y nos inquieta el hecho de que aquellos grupos de bajos ingresos pertenecientes a minorías étnicas sean quienes se ven más afectados”, afirma Witt.
Estos condados del norte de California, como los de la mayoría del país, no cuentan con fondos estatales o federales para sustentar sus iniciativas contra el cambio climático, agrega Witt. “Estamos tratando de integrar acciones de adaptación al trabajo que estamos realizando, porque muchos de estos programas de sostenibilidad contribuirán a reducir las enfermedades que pueden agravarse a causa del cambio climático”, sostiene. “Es cosa de hacer lo que se debe dentro de lo posible”.
Witt dice que el condado de Alameda está recién comenzando a adherirse a las actividades de planificación del programa Adapting to Rising Tides (iniciativa cuyo objetivo es que la población logre adaptarse a la subida de las mareas) con la finalidad de realizar una evaluación de la vulnerabilidad frente a los posibles escenarios de riesgo y poder determinar de este modo la respuesta del Departamento de Salud. Este programa de adaptación es una alianza entre la Comisión para la Conservación y Desarrollo del Área de la Bahía de San Francisco (BCDC, por sus siglas en inglés) y el Centro de Servicios Costeros de la Administración Nacional Atmosférica y Oceánica (NOAA, por sus siglas en inglés), el cual está diseñado para ayudar a las comunidades que viven en el área de la bahía de San Francisco a que comiencen a planificarse para el aumento del nivel del mar.
Alameda es uno de los tantos condados que colaboran con la NACCHO en la elaboración de modelos y otras herramientas que faciliten la creación de programas de adaptación. Hace poco la NACCHO seleccionó a seis departamentos de salud de diferentes condados de los Estados Unidos para llevar a cabo proyectos de demostración de un año de duración. El objetivo de estos proyectos es indicar los pasos que componen un desafío básico de medidas de adaptación: la falta de coordinación y comunicación entre las distintas agencias y programas involucrados en el manejo de las consecuencias que el cambio climático tiene en la salud pública.
Ebi, quien además ha identificado opciones de adaptación para los estados y los grupos de países de bajos ingresos, insta a los científicos y médicos a recordar la importancia de que los programas de adaptación orientados a la salud pública sean flexibles y se evalúe su capacidad de funcionamiento en un clima cambiante. “Idealmente, los programas deben tener sentido sin importar cómo cambia el clima”, explica. “El reto está en desarrollar acciones para un clima que difiere de lo que se considera normal”.
Patrick Kinney, profesor de Ciencias de la Salud Ambiental en la Escuela Mailman de Salud Pública de la Universidad de Columbia, ha traído avances en el tema con su investigación, la cual está enfocada en los variados impactos que el cambio climático tiene en la contaminación del aire y la consiguiente sensibilidad a las alergias y a otras enfermedades respiratorias. Por otro lado, es coautor de uno de los primeros informes que estudiaron el impacto del ozono en la salud en caso de calentamiento en áreas metropolitanas.
Los estudios sobre las olas de calor y los inviernos más cálidos han dominado la investigación realizada hasta la fecha dedicada a los efectos del clima en la salud, dice Kinney. Más allá del estrés por exceso de calor, los investigadores no se han dedicado lo suficiente a observar otro tipo de impacto, lo cual ha provocado que no se cuente con la información necesaria para poder crear planes de adaptación, explica.
“No me atrevo a decir que no hay información”, dice Kinney. “Contamos con quizás entre un cinco y un diez por ciento de lo que necesitamos… para poder tomar decisiones bien informadas”. Los últimos estudios que emplean modelos e incorporan datos históricos “pueden ayudarnos a tener una idea más clara de en qué lugares la salud humana estaría más comprometida”, agrega.
En un trabajo del año 2009, Kinney, Ebi y otros autores publicaron un “primera estimación”, la cual indica que los Estados Unidos debería disponer más de $200 millones al año a los problemas de salud asociados al cambio climático. Ebi explica que ese dinero se podría aprovechar para las investigaciones que hasta ahora se han realizado sobre los efectos en la salud que se verían exacerbados por el cambio climático, como los causados por la mayor contaminación ambiental o el aumento de alérgenos. El dinero también se podría utilizar para ayudar a los investigadores a saber cómo hacer uso del conjunto de estudios existentes para poder predecir en cuánto variarán los niveles de ozono y de qué manera se vería afectada la salud pública en un clima cambiante. El financiamiento externo del gobierno federal para la realización de estudios sobre el cambio climático y la salud en el año 2009 fue estimado en aproximadamente 6 millones anuales.
La administración de Obama busca con entusiasmo generar una nueva política de adaptación nacional que se espera entregue a los funcionarios de la salud pública las herramientas que necesitan para poder anticiparse a los problemas causados por el cambio climático y, de este modo, responder a las crisis causadas por el aumento de las temperaturas y de los niveles marinos, sequías cada vez más severas, lluvias de mayor intensidad y por respirar cada día un aire de mala calidad.26 Según John Holdren, director de la Oficina de Políticas de Ciencia y Tecnología de la Casa Blanca, el mandato gubernamental de desarrollar una política nacional de adaptación viene de arriba. En diciembre de 2010, en un discurso del encuentro anual de la Unión Geofísica Estadounidense (AGU, por sus siglas en inglés) en San Francisco, Holdren destacó que el Consejo de Calidad Ambiental de la Casa Blanca había lanzado recientemente su Progress Report of the Interagency Climate Change Adaptation Task Force: Recommended Actions in Support of a National Climate Change Adaptation Strategy, el cual es el primer informe publicado por el gobierno de los Estados Unidos y que en cierta medida valida el trabajo de adaptación que los departamentos de salud de los estados y ciudades ha comenzado.
La directora de la NOAA Jane Lubchencho, quien asistió a este encuentro de la AGU, concuerda con la Casa Blanca en priorizar la adaptación. “Mientras el diálogo público se ha enfocado principalmente en la mitigación, gran parte del diálogo privado del gobierno ha sido sobre la mitigación y la adaptación, lo cual ha sido lo apropiado”, sostiene Lubchencho.
Aunque la planificación de medidas para la adaptación puede tener éxito a nivel local, una política nacional puede ayudar, sostiene Carmin. “Si un representante de una agencia federal se para y dice: ‘Esto es lo que hacemos en los Estados Unidos’, facilitará enormemente el trabajo ciudadano. La política del gobierno comienza por legitimar lo que la gente está haciendo a nivel local y validar de esta forma lo que la gente sabe”, explica.
Juli Trtanj, director del programa Ocean and Human Health Initiative de la NOAA, forma parte del grupo de trabajo sobre el cambio climático y la salud pública perteneciente al Programa de Investigación sobre Cambio Global de los EE.UU. (USGCRP, por sus siglas en inglés). El USGCRP, el cual coordina e integra las investigaciones federales sobre los cambios en el medioambiente global y sus consecuencias para la sociedad, se encuentra desarrollando un nuevo plan estratégico para mejorar la incorporación y respuesta a las necesidades de la sociedad en cuanto al cambio climático. Este nuevo enfoque es una respuesta a los diferentes informes publicados la década anterior por el Consejo Nacional de Investigaciones, incluyendo la serie America’s Climate Choices series del otoño pasado.
El grupo de trabajo está encabezado por los Institutos Nacionales de Salud, los CDC y la NOAA en coordinación con la Oficina de Políticas de Ciencia y Tecnología de la Casa Blanca. Trtanj señala que uno de los objetivos del grupo es “identificar las necesidades de la comunidad de la salud pública en cuanto a la capacidad de predicción… como las herramientas para sistemas de alerta temprana, de modo que puedan mejorar su respuesta al nivel de adelantarse a los acontecimientos en vez de ser tomados por sorpresa”.
Entre los años 2007 y 2009, el grupo mantuvo una serie de reuniones abiertas con los grupos de la salud pública, en las que se pudo notar que varios de ellos se interesaban más bien en la “información a escala reducida”, es decir, en los datos climáticos espaciales y temporales que más se adaptaban a su contexto regional o local. Además, estos grupos también contribuyeron al manejo de los datos de seguimiento médico que ya habían sido recopilados por las agencias estatales y locales. “Para desarrollar una política, las ciudades, condados y estados deben integrar esta información –por ejemplo, la mortalidad relacionada con el calor o los datos sobre enfermedades de origen alimentario y aquellas transmitidas por vectores– con los datos del cambio climático”, sostiene Trtanj.
Como primer paso para desarrollar un sistema de control, alerta temprana, integración de datos y seguimiento, el grupo está recopilando información de los datos disponibles a nivel federal sobre el control de la salud y el medioambiente relacionados con el clima. Una vez recogidos, las descripciones de dónde provienen los datos y la información serán publicadas en un sitio web. El grupo también tiene pensado realizar campañas de difusión con el objetivo de ayudar a las comunidades de médicos y de la salud pública a comunicar de manera más eficiente los riesgos y efectos asociados al cambio climático.
Trtanj sostiene que estas herramientas de adaptación se están desarrollando sin financiamiento adicional y en los casos en que sí se cuenta con este, no es suficiente. Conseguir fondos para el trabajo de adaptación se ha convertido en una batalla difícil por varias razones, una de las cuales es el hecho de que hay varias agencias que están haciendo parte del trabajo. “Estamos haciendo todo lo posible, hemos pasado por luchas y sacrificios, y las personas con quienes trabajamos realmente están preocupados por el tema, pero lamentablemente la situación no puede continuar así”, afirma Trtanj. “Si no existe un apoyo real a esto… las iniciativas no serán suficientes y no contamos con ningún programa integral que permita comprender los impactos del cambio climático en la salud humana y cómo podemos adaptarnos a ellos”.
Debido a que California está enfrentando problemas presupuestarios, el trabajo de adaptación en la salud pública sólo se está efectuando en áreas que cuentan con recursos, sostiene Witt. Por ejemplo, la adaptación al cambio climático puede llegar a funcionar gracias a los beneficios secundarios de programas diseñados para combatir la obesidad, como los que animan a la gente salir de sus autos y caminar. “Queremos ser capaces de realizar los análisis que se necesitan para poder presentar este tema a quienes toman las decisiones aquí, pero no tenemos los fondos para ello. Aún estamos en eso, pero no es fácil”, señala Witt.
Una agencia federal necesita realmente contar con fondos que puedan ser utilizados para trabajar en la preparación frente a los efectos en la salud del cambio climático. El CDC acaba de anunciar que 10 estados y ciudades han sido escogidos para participar en su programa Climate-Ready States and Cities Initiative (ciudades y estados listos para el clima). El centro ayudará a las ciudades y estados a trabajar en conjunto con los científicos expertos en el clima tanto a nivel local como nacional, con la finalidad de comprender los diferentes escenarios posibles que puedan surgir a raíz del cambio climático en sus áreas. También los asistirá en el desarrollo y empleo de modelos para predecir los impactos en la salud a nivel local, monitorear estos efectos e identificar a los residentes más vulnerables de cada área. Por un período de tres años, la agencia estará contribuyendo con un total de $5.25 millones de dólares.
En otros lugares del mundo, explica Ebi, todos los países en vías de desarrollo han realizado al menos una evaluación limitada de la adaptación y son bastantes los países desarrollados que poseen planes nacionales. Estas iniciativas fueron fortalecidas con el acuerdo alcanzado en diciembre de 2010 en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático realizada en Cancún, México, donde los delegados lograron un acuerdo que destaca la imperiosa necesidad de medidas de adaptación.
Los negociadores adoptaron el Marco de Adaptación de Cancún, el cual establece un comité de adaptación y un programa de trabajo apuntado a los impactos inevitables del clima en países vulnerables. Este acuerdo destaca los elementos que los países deben considerar en sus acciones de adaptación, donde también se incluyen aquellos enfocados a la salud pública. En esta oportunidad, quizás con el objetivo de reafirmar su compromiso con el marco, los funcionarios mexicanos dieron a conocer el plan estratégico de su país.
En la Unión Europea también se pueden apreciar ejemplos de estrategias de adaptación al cambio climático a nivel de ciudad. Al igual que sus homólogos estadounidenses, es más frecuente que los planes de adaptación europeos formen parte de estrategias más amplias de sostenibilidad y cambio climático que abarcan la mitigación del cambio climático, e incluso en algunos casos estos planes tienen una cobertura mucho mayor. Madrid y Manchester poseen este tipo de plan integrado mientras que Londres, Copenhague y Rotterdam ya cuentan con estrategias independientes de adaptación y que están enfocadas exclusivamente a los impactos del cambio climático.
Además de los problemas económicos y la falta de información e investigación, muchos funcionarios locales se han visto perjudicados por el hecho de que sus ciudadanos no creen en que el cambio climático sea un problema real.33 En un artículo preliminar que aún no ha sido publicado sobre salud pública y comunicación, Maibach y colegas describen cómo un nuevo “marco” de salud pública para el cambio climático –por ejemplo, haciendo que la gente entienda que el cambio climático es una gran amenaza para la salud y bienestar de las personas– puede comprometer a un público mucho más diverso que el que se ha interesado en el tema con anterioridad. Este marco puede además relacionar el complejo e incomprendido tema del cambio climático con los riesgos que el público ya entiende y acepta como importantes, tales como el asma, vulnerabilidad al calor extremo, enfermedades de origen alimentario y enfermedades infecciosas, sostiene Maibach.
Maibach y sus colegas hacen un llamado a los profesionales de la salud pública a que asuman parte de la responsabilidad sobre la discusión del impacto en la salud del cambio climático así como también en relación con las enfermedades sensibles al clima. “Al explicar que el cambio climático es una amenaza para la salud humana, y no sólo una amenaza para las plantas, pingüinos y osos polares, los profesionales tienen una oportunidad única para alentar al público a comprometerse con esta causa”.
Catherine M. Cooney escritora científica de Washington, DC, ha publicado en Environmental Science & Technology y en Chemical Watch.
Artículo Original en Environmental Health Perspectives • volumen 119 | número 4 | Abril 2011, p. A166–A171.